El Si condicional

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Tal parece que la actividad de preocuparse es privativa del hombre. O dígame si no. ¿Ha visto alguna vez a un gato preocupado o a un canario angustiado? Por su vida han cruzado con seguridad decenas de hormigas que sin advertir la presencia de usted siguen su camino con su pesada carga.  Ellas no se preocupan, se ocupan.  Quizás sea esta la gran diferencia que le evitaría arrugas en la frente y canas en su cabellera.

“Ellas no tienen que pagar renta, colegiaturas, enganches de autos ni interminables letras de cobro”, pensará usted con toda razón.  Las aves no tienen problema de vivienda ni necesitan el INFONAVIT*, les bastan los árboles que aún quedan  en nuestra asfaltada capital. Tampoco hay comparación entre el ritmo de vida de las colonias de hormigas y abejas con la traqueteada vida del pobre Homo urbanus.

Pero no me refiero a las preocupaciones que todos tenemos ocasionados por causas inevitables. No, estimado lector.  Esta vez quiero hablar del tiempo que nos pasamos inmovilizados por preocupaciones inexistentes. ¿Cómo es que si no existen nos preocupamos? Sin embargo, ahí estamos piensa y piensa en lo que puede ocurrir y temerosos del imaginario desenlace.  Tanto le damos vuelta a las ideas que comienzan por el familiar “y si” que perdemos valiosos años de nuestra vida y experiencias que algún día lamentaremos no haber tenido.

Uno de nuestros mayores temores en esta época consiste en correr riesgos.  De ahí nacen muchos de nuestros condicionales.  Preferimos quedarnos en un trabajo que sea poco satisfactorio, pero seguro antes de probar nuestra capacidad en otros puestos (“Y si no puedo, y si me corren, y si quiebra la empresa…”).

De igual manera posponemos planes y proyectos por el temor a percances que ni siquiera llegan a suceder.

El hombre posee el don de la imaginación, extraordinaria facultad que en vez de poner a su servicio la utiliza para atarse y embrollarse en madejas de sutiles hilos,  en el peor de los casos encadenarse a grillos difíciles de romper.

Basta una dosis de seguridad en uno mismo y la preparación necesaria para probar nuestras propias alas.  Si los pájaros pudiesen hablar cuántos consejos nos darían.

Oiga doña Calandria ¿no teme que sus hijitos se rompan el pico?

Aún son muy pequeños para lanzarse desde el nido, preguntaría una madre aprehensiva.

–¡Caray, señora Pepita!  Nuestros pequeños tienen que aprender a volar por sí mismos.  Nadie lo hará por ellos.  No crea que los arrojaremos así nada más.  Estamos  seguros de la fuerza de sus alas.  La técnica ya la aprenderán con el tiempo y su propia experiencia.

Si esperáramos como ustedes los humanos, nuestros críos permanecerían largos años en el nido, gordos, pesados, lentos, perderían las habilidades innatas de su especie y el temor a volar sería tan serio que paralizaría sus alas.  ¡Imagínese! Entonces lo llevaríamos con Doña Lechuza, notable sicóloga egresada de la Facultad de Siquiatría de Avelandia.

¿No cree que son demasiados problemas? Realmente el ser humano es un animal muy complicado.

*INFONAVIT – Instituto del Fondo Nacional de la Vivienda para los Trabajadores. México.

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